Hace unos días coincidí con unos vecinos al llegar a casa. Había estado lloviendo durante casi todo el día, pero en ese instante apenas caía una ligera llovizna. Los vecinos de la casa de al lado son una pareja joven, que tienen una hija de unos 5 años, que nada más bajarse del coche fue corriendo a saltar sobre una balsa de agua enorme que quedaba en medio de la calle, con la pertinente reprimenda de la madre, y el posterior cabreo de la hija (creo que no se echaba a llorar porque su pequeño pero creciente orgullo le impedía hacerlo en presencia de “extraños”).
Entonces pensé que aquello era de lo más normal. A todos nos han reñido nuestros padres por saltar a un charco, salpicando todo lo posible. Si nos paramos a analizarlo un poco, ¿cuál es el mal que hace esa niña? Supongo que a los que son padres les fastidia no ser capaces de controlar a los pequeños, o quizás el tener que cambiarlos de ropa, secarlos, y al estar todo el día constantemente detrás de ellos no son capaces de tener un ansiado y placentero respiro.
Pero lo que realmente creo que molesta a algunos malhumorados padres es que se pueda ser tan feliz con algo tan simple. De repente me entraron unas ganas locas de sumergirme en todos los charcos que encontrara.
jueves, 25 de febrero de 2010
jueves, 18 de febrero de 2010
Viajar en el tiempo
¿Quién no ha querido alguna vez retroceder en el tiempo? ¿Te has reprochado haber tomado tal o cual camino? ¿Arrepentido de alguna “mala” decisión? Para solucionar esto debes esperar a que alguien descubra cómo viajar en el tiempo, pero voy a intentar quitarte las ganas de ello para que te dejes de “pamplinas” (ver nota 1) y mires hacia delante, ya que tengo una teoría al respecto.
Es muy sencilla, se basa simplemente en que si yo pudiera retroceder a un determinado momento pasado de mi vida, no lo haría con los conocimientos o la información que tengo ahora mismo, sino que simplemente retrocedería y volvería a estar igual que entonces, por lo que obviamente tomaría el mismo camino, y mi vida seguiría siendo la misma, con lo que acabaría escribiendo estas líneas en este preciso momento.
Si una persona pudiera retroceder en el tiempo y cambiar en algo el transcurso de su vida, el mundo estaría en serio peligro. Por ejemplo, ¿quién en su sano juicio no se atrevería a realizar una pequeña apuesta inocente? El mundo acabaría lleno de nuevos y afortunados dictadores millonarios, bancarrota general, a tomar por c… (resumiendo mucho el proceso, evidentemente)
Claro que esta sólo es una idea, pero no es la única teoría.
Hace unas semanas estaba cenando con unos amigos y salió el tema de poder enmendar errores pasados. Yo expuse mi teoría, pero no convenció mucho. Evidentemente salió a relucir la archiconocida trilogía de Regreso al Futuro (que levante el pié el que no sepa de la existencia de estas películas). El protagonista viaja en el tiempo 30 años atrás e interfiere en las vidas de sus padres, interfiere en ellas evitando que se enamoren, por lo que nunca se casarán y ni mucho menos tendrán hijos. Consecuencia directa: nuestro protagonista está a punto de desaparecer de la tierra de una forma muy absurda. Esta teoría deja demasiados interrogantes abiertos… si el protagonista desaparece, nunca llegó a viajar en el tiempo, por lo que nunca pudo separar a sus padres. Es la pescadilla que se muerde la cola.
En fin, aunque es seguro que se puede debatir este tema durante horas, lo mejor que puedes hacer es mirar hacia delante y aprender de errores pasados, porque lo hecho, hecho está.
(1) pamplinas, tonterías o como se las quiera llamar: cada individuo tiene sus problemas y les da la importancia que quiere o puede. Seguramente, visto desde fuera, los asuntos que más nos preocupan, aquellos que no nos dejan dormir, son minucias para otros. Por supuesto que, para la persona que los sufre, sus problemas son los suyos y son los que tiene que tratar de resolver, independientemente de la gravedad subjetiva y objetiva de los mismos.
Es muy sencilla, se basa simplemente en que si yo pudiera retroceder a un determinado momento pasado de mi vida, no lo haría con los conocimientos o la información que tengo ahora mismo, sino que simplemente retrocedería y volvería a estar igual que entonces, por lo que obviamente tomaría el mismo camino, y mi vida seguiría siendo la misma, con lo que acabaría escribiendo estas líneas en este preciso momento.
Si una persona pudiera retroceder en el tiempo y cambiar en algo el transcurso de su vida, el mundo estaría en serio peligro. Por ejemplo, ¿quién en su sano juicio no se atrevería a realizar una pequeña apuesta inocente? El mundo acabaría lleno de nuevos y afortunados dictadores millonarios, bancarrota general, a tomar por c… (resumiendo mucho el proceso, evidentemente)
Claro que esta sólo es una idea, pero no es la única teoría.
Hace unas semanas estaba cenando con unos amigos y salió el tema de poder enmendar errores pasados. Yo expuse mi teoría, pero no convenció mucho. Evidentemente salió a relucir la archiconocida trilogía de Regreso al Futuro (que levante el pié el que no sepa de la existencia de estas películas). El protagonista viaja en el tiempo 30 años atrás e interfiere en las vidas de sus padres, interfiere en ellas evitando que se enamoren, por lo que nunca se casarán y ni mucho menos tendrán hijos. Consecuencia directa: nuestro protagonista está a punto de desaparecer de la tierra de una forma muy absurda. Esta teoría deja demasiados interrogantes abiertos… si el protagonista desaparece, nunca llegó a viajar en el tiempo, por lo que nunca pudo separar a sus padres. Es la pescadilla que se muerde la cola.
En fin, aunque es seguro que se puede debatir este tema durante horas, lo mejor que puedes hacer es mirar hacia delante y aprender de errores pasados, porque lo hecho, hecho está.
(1) pamplinas, tonterías o como se las quiera llamar: cada individuo tiene sus problemas y les da la importancia que quiere o puede. Seguramente, visto desde fuera, los asuntos que más nos preocupan, aquellos que no nos dejan dormir, son minucias para otros. Por supuesto que, para la persona que los sufre, sus problemas son los suyos y son los que tiene que tratar de resolver, independientemente de la gravedad subjetiva y objetiva de los mismos.
miércoles, 17 de febrero de 2010
¿Buscando papeles o recuerdos?
Mientras buscaba unos papeles de la carrera en casa de mis padres me he encontrado con unos apuntes de inglés. Lamentable, recordé, el nivel exigido del idioma de Shakespeare en mi facultad era paupérrimo. Sólo baste decir que el pasado del verbo “to be” era la lección veintitantos. Creo que ese año olvidé todo lo aprendido en el colegio, la involución, que dirían algunos. Llegábamos a la clase de turno con una tensión increíble, donde realmente se aprendía inglés, pero a costa de pasar unos sudores que ni en una sauna.
Un “personaje” que recuerdo perfectamente de mi etapa del colegio, hace ya unos lustros, era el Padre Tomás, profesor de historia, que escribía y escribía en la pizarra sus interminables esquemas “resumen” de cada tema del libro. Es un tipo peculiar, y lo demuestra sobretodo en los exámenes, recorriendo los pasillos entre pupitres taconeando en el suelo, o tarareando entre dientes alguna melodía, o ya directamente tocando el xilófono en el fondo de la clase…
Los mayores tienen razón, y punto. Volviendo al hilo del inglés, mi tío Nicolás se empeñaba en que teníamos que aprender idiomas. Él había estudiado francés, pero debió ver que ahí no había ningún futuro, así que en su casa de repente encontrabas cursillos de inglés por todas partes… ¡hasta en vinilo! Si no aprendes idiomas no llegarás a ningún sitio, venía a decir.
Esto a ciertas alturas (por no decir edades) se entiende perfectamente, pero díselo tú a un chaval de 12 años que lo único que quiere hacer en la vida es coger la bici y darse una vuelta por ahí, a destrozar zapatos utilizándolos de primitivo sistema de frenado para no empotrarse con una pared. A él le agradezco el regalo que nos hizo a todos los sobrinos. A cada uno nos compró una enciclopedia, la Gran Espasa-Calpe. Debo reconocer que no sé ni cuántos tomos tiene, deben ser algo más de cien, pero ocupan casi toda una pared del despacho de mi casa. Supongo que se debió dar por vencido de que estudiáramos algún idioma, y pensó en algún tipo de venganza para que nos acordáramos toda la vida de él… y vaya si lo hizo, ya que una pesada broma es decir muy poco, por mucho que lo de “pesado” sea literal.
Mi abuelo Fernando también ha influido en mi vida una barbaridad. Tenía sus manías, como cuando veíamos un partido de fútbol, él animaba al que iba ganando, era más chaquetero que Figo. Si le preguntabas cómo iba un partido, no decía nada, se limitaba a cruzar sus dedos índices señalando una X. Me acuerdo de haber entrado mil veces en la cocina, y allí estaba él, haciendo gimnasia, a sus 90 años. Era la persona más ágil, de avanzada edad, que he visto nunca. Todos los días salía a la terraza a pasear. Es cierto, nuestra terraza debe medir unos 15 metros, y él se pasaba las tardes recorriéndola de un lado a otro. Decía que no le gustaba ir a pasear a Cánovas porque allí sólo había “viejos”, y que no le seguían el ritmo. De él he “heredado” el dormir con la radio encendida (walkman, discman, televisor, ordenador, mp3, mp4, PSP o similar), ya que hemos compartido habitación durante bastantes años, y siempre se dormía con la radio a toda pastilla entre sus manos, así que acabé por acostumbrarme a escuchar “Supergarcía”. Por cierto, un saludo a todos mis “camaradas”.
Un “personaje” que recuerdo perfectamente de mi etapa del colegio, hace ya unos lustros, era el Padre Tomás, profesor de historia, que escribía y escribía en la pizarra sus interminables esquemas “resumen” de cada tema del libro. Es un tipo peculiar, y lo demuestra sobretodo en los exámenes, recorriendo los pasillos entre pupitres taconeando en el suelo, o tarareando entre dientes alguna melodía, o ya directamente tocando el xilófono en el fondo de la clase…
Los mayores tienen razón, y punto. Volviendo al hilo del inglés, mi tío Nicolás se empeñaba en que teníamos que aprender idiomas. Él había estudiado francés, pero debió ver que ahí no había ningún futuro, así que en su casa de repente encontrabas cursillos de inglés por todas partes… ¡hasta en vinilo! Si no aprendes idiomas no llegarás a ningún sitio, venía a decir.
Esto a ciertas alturas (por no decir edades) se entiende perfectamente, pero díselo tú a un chaval de 12 años que lo único que quiere hacer en la vida es coger la bici y darse una vuelta por ahí, a destrozar zapatos utilizándolos de primitivo sistema de frenado para no empotrarse con una pared. A él le agradezco el regalo que nos hizo a todos los sobrinos. A cada uno nos compró una enciclopedia, la Gran Espasa-Calpe. Debo reconocer que no sé ni cuántos tomos tiene, deben ser algo más de cien, pero ocupan casi toda una pared del despacho de mi casa. Supongo que se debió dar por vencido de que estudiáramos algún idioma, y pensó en algún tipo de venganza para que nos acordáramos toda la vida de él… y vaya si lo hizo, ya que una pesada broma es decir muy poco, por mucho que lo de “pesado” sea literal.
Mi abuelo Fernando también ha influido en mi vida una barbaridad. Tenía sus manías, como cuando veíamos un partido de fútbol, él animaba al que iba ganando, era más chaquetero que Figo. Si le preguntabas cómo iba un partido, no decía nada, se limitaba a cruzar sus dedos índices señalando una X. Me acuerdo de haber entrado mil veces en la cocina, y allí estaba él, haciendo gimnasia, a sus 90 años. Era la persona más ágil, de avanzada edad, que he visto nunca. Todos los días salía a la terraza a pasear. Es cierto, nuestra terraza debe medir unos 15 metros, y él se pasaba las tardes recorriéndola de un lado a otro. Decía que no le gustaba ir a pasear a Cánovas porque allí sólo había “viejos”, y que no le seguían el ritmo. De él he “heredado” el dormir con la radio encendida (walkman, discman, televisor, ordenador, mp3, mp4, PSP o similar), ya que hemos compartido habitación durante bastantes años, y siempre se dormía con la radio a toda pastilla entre sus manos, así que acabé por acostumbrarme a escuchar “Supergarcía”. Por cierto, un saludo a todos mis “camaradas”.
martes, 16 de febrero de 2010
Párate un momento a pensar
Este podría ser el título de cualquier libro de autoayuda, o de algún simposio de psicología, en el que decenas de “doctores” barruntan sobre el conocimiento de los propios procesos cognoscitivos (o sea, la metacognición).
No estoy nada seguro de adónde quiero llegar exactamente con esto, pero estoy convencido de que existe una necesidad latente en todo individuo, que es algo tan simple como comunicarse. No me refiero a cualquier conversación banal que podamos tener en un día corriente, sino a la idea de decir algo “porque sí” sobre un tema cualquiera, gritar una idea a los cuatro vientos, un sentimiento, una emoción. En definitiva, palabras que a lo mejor serán escuchadas por conocidos o extraños, sin importarte demasiado sus conclusiones.
Las ideas se cruzan en mi cabeza, no consigo ponerlas en orden. Mientras escribo unas pocas palabras se me ocurren otras ideas ingeniosas (al menos yo las considero así), pero cuando pretendo plasmarlas en el papel no sabe uno ni qué decir ni mucho menos cómo expresarlo.
Desde aquí reivindico mi propio espacio para hacerlo, aunque no se muy bien cómo, ni qué pretendo con ello. Quizás sea cuestión de una moda, ya que está al alcance de cualquiera que tenga una señal de Internet y un poco de paciencia para escribir. Como quiera que sea, espero que dure.
No estoy nada seguro de adónde quiero llegar exactamente con esto, pero estoy convencido de que existe una necesidad latente en todo individuo, que es algo tan simple como comunicarse. No me refiero a cualquier conversación banal que podamos tener en un día corriente, sino a la idea de decir algo “porque sí” sobre un tema cualquiera, gritar una idea a los cuatro vientos, un sentimiento, una emoción. En definitiva, palabras que a lo mejor serán escuchadas por conocidos o extraños, sin importarte demasiado sus conclusiones.
Las ideas se cruzan en mi cabeza, no consigo ponerlas en orden. Mientras escribo unas pocas palabras se me ocurren otras ideas ingeniosas (al menos yo las considero así), pero cuando pretendo plasmarlas en el papel no sabe uno ni qué decir ni mucho menos cómo expresarlo.
Desde aquí reivindico mi propio espacio para hacerlo, aunque no se muy bien cómo, ni qué pretendo con ello. Quizás sea cuestión de una moda, ya que está al alcance de cualquiera que tenga una señal de Internet y un poco de paciencia para escribir. Como quiera que sea, espero que dure.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)