viernes, 31 de agosto de 2012

Crónica de un viaje a Barcelona. Agosto de 2007 (y 6)

Reproducción íntegra del relato elaborado por José M. Ávila. 
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)


Viernes día 17: El viernes por la mañana visitamos Montserrat, sin saber muy bien lo que nos encontraríamos por allí. Hay que destacar de nuevo las buenas comunicaciones desde Barcelona en tren. Montserrat es una montaña con unas formas muy peculiares, que está a unos 50 km. al norte de Barcelona, alrededor de una hora en tren FGC. Los FGC para que nos entendamos vienen a ser los regionales (no los cercanías, esos son otros diferentes), y salen desde Plaza Espanya. Para ir a Montserrat puedes coger dos tarjetas, una que incluye todos los transportes, y otra que además de los transportes incluye visitas a diversos espacios de por allí, museos y demás. Elegimos la primera opción, y allá vamos.

Para ir a Montserrat el tren tiene dos paradas posibles. La primera es Aeri de Montserrat, que es donde te debes bajar si quieres coger directamente un teleférico hasta el monasterio. La segunda es en Monistrol de Montserrat, que viene a ser el pueblo que está al pie de la montaña. Y desde allí subes a la montaña en el tren cremallera, que son trenes normales pero con un sistema especial entre los railes para subir pendientes pronunciadas. Para moverte por Barcelona es importante saber distinguir bien entre tren normal de Renfe, tren FGC, Rodalies (cercanías), metro, funicular, tren cremallera, teleférico y tranvía.



El tren cremallera tarda 7 u 8 minutos en subir a Montserrat. El entorno natural la verdad es que es bastante bello. Allí hay muchas cosas que ver, más de las que nos imaginábamos en un principio. Además de tiendas, bar, restaurantes y esas cosas, está el monasterio, que es la madre del cordero. Muy espectacular y bastante grande, yo no lo conocía y la verdad es que me esperaba una cosa más humilde. Después hay dos funiculares que te llevan a dos lugares por ahí perdidos de la mano de Dios. Uno bajaba hasta la Santa Cova, y otro subía hasta el mirador de Sant Joan. Teníamos toda la mañana, así que íbamos a visitar ambos.



Empezamos por el de la Santa Cova, que es un funicular de unos 250 metros de recorrido y 55% de pendiente, que baja hasta la cuevecilla donde se encontró a la Virgen de Montserrat (la Santa Cova). O eso pensábamos nosotros, jeje. Resulta que el funicular baja hasta donde puede, pero para llegar hasta la Santa Cueva después tienes que seguir caminando por una vía escarpada bordeando la montaña. Se tarda alrededor de 30 minutos en llegar a la cueva, y otros tantos de vuelta al funicular.
Aparte de las espectaculares vistas, lo bonito es que el camino está salpicado por quince grupos escultóricos que representan otros tantos misterios. En concreto había cinco misterios de gozo (la anunciación, la concepción, etc), otros cinco de gloria (resurrección de cristo, ascensión de la virgen, ese tipo de cosas) y cinco misterios de dolor (estaban la crucifixión, la flagelación, coronación de espinas, oración en el huerto y Jesús con la cruz a cuestas). Fueron construidos por diversos autores de este siglo, alguno creo que era de Gaudí, y los había ciertamente impresionantes, no ya por la belleza de las esculturas en sí mismas, sino por el entorno donde estaban.



La Santa Cueva es una ermita muy pequeña. Tiene una sala anexa con diversos documentos, recortes de periódico y material explicativo, y también un claustro. En la zona donde se supone que se encontraron a la imagen de la Virgen está el altar, cuyo fondo es la propia piedra desnuda. Lo que más mola de todo esto no es ya el propio sitio que estás visitando, sino el hecho de que todo está enclavado en la montaña. Miras por cualquier ventana y puedes ver muchísimos metros hacia abajo.



La verdad es que no esperábamos que esto nos llevara tanto tiempo, así que marchamos de vuelta al funicular, que todavía nos quedaba por visitar el de Sant Joan. Pero cuando llegamos al funicular, ¡craso error!, no nos habíamos fijado en los horarios de vuelta. Pensábamos que eran siempre cada 20 minutos, pero no. Entre las 13:10 y las 14:10 resulta que había un intervalo de una hora sin funicular, no sabemos muy bien por qué, y además daba la casualidad de que eran aproximadamente las 13:20. La solución era o esperar 50 minutos, o subir al monasterio andando, que supuestamente se tardaba entre 15-20 minutos. Nos decidimos por esta segunda opción para ahorrar tiempo, pero durante el camino estuvimos a punto de arrepentirnos. No caímos en la cuenta de que todo lo que bajamos en el funicular tendríamos que subirlo a pie, y encima bajo un sol de justicia. Quemamos más calorías en ese cuarto de hora que en toda la semana.

De vuelta al monasterio, vamos al segundo funicular, el de Sant Joan, esta vez asegurándonos de mirar bien los horarios. No había peligro, este sí que iba y venía a intervalos de 20 minutos sin parones. Los funiculares tienen capacidad limitada, así que nos pusimos en la cola y no entramos por los pelos. Tuvimos que esperar 20 minutos a que saliese el siguiente, soportando los alaridos de un niño llorón que teníamos delante que parecía la reencarnación de Belcebú.


Los funiculares son unos aparatos curiosos. Van sobre raíles pero se diferencian de un tren en que emplean un cable de acero como sistema de tracción, que es lo que hace que suban y bajen. Siempre hay dos funiculares que funcionan al mismo tiempo, parten de cada estación (salida y llegada) a la misma hora, y se cruzan justo en mitad del camino, donde la vía primero se bifurca y luego se vuelve a juntar en una sola. Si el de la Santa Cova tenía 250 metros de recorrido con una pendiente del 55%, este recorría casi el doble, medio kilómetro, y tenía una pendiente máxima del 65%, pero que parecía por lo menos del 66% o del 67%. La verdad es que era un poquito acojonante. En poco más de 500 metros de recorrido, el funicular asciende casi 300.

Una vez arriba del todo, en Sant Joan disfrutamos de las mejores vistas de todo aquello. El monasterio está a 707 metros de altitud, pero Sant joan está casi a 1000. Es la parte más alta de la montaña. Allí hay miradores, puedes ver a muchísimos kilómetros a la redonda, y también hay diversas rutas para hacer senderismo por la montaña, que por desgracia no teníamos tiempo para recorrer. Bajamos en el funicular de vuelta a la explanada del monasterio. Era la hora de comer, así que tomamos uno bocadillos en el bar que hay allí, y visitamos la tienda de recuerdos. Cogemos el cremallera para bajar hasta Monistrol, y allí coger el tren de las 16:00 para estar en Barna a una hora que nos permitiera aprovechar bien la tarde.



Llegamos a Plaza Espanya alrededor de las 17:00, y directamente cogemos el metro en dirección a la parada de Les Corts, para que Jose visitara el Camp Nou y todo el recinto del F.C Barcelona. Estamos bastante rato en la tienda oficial del Barça, que es un fraude porque únicamente tienen camisetas de fútbol (luego van presumiendo de tener mil secciones y tal), y al salir nos entretuvimos viendo cómo la gente casi se pegaba por ver de lejos el entrenamiento del FCB. Jose estaba realmente emocionado, buscando huecos imposibles para hacer alguna foto. Aquella tarde se destapó como culé de pro. 



Terminado el tour barcelonista, ya de nuevo en el metro, decidimos volver a la Sagrada Familia porque Guada no la grabó en vídeo el lunes. Allí estuvimos 5 minutos viendo el templo y 55 pululando entre los puestos de regalos. Para acabar, ya anocheciendo, cenamos en el Kentucky Fried Chicken de Plaza Catalunya. Y pal hotel, que había que recoger las cosas y hacer la maleta.

Fin

lunes, 27 de agosto de 2012

Crónica de un viaje a Barcelona. Agosto de 2007 (5)

Reproducción íntegra del relato elaborado por José M. Ávila. 
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

Jueves día 16: ... lago neeegro, lago blancooo... El día amanece vestido de un gris plomizo, no pinta bien la cosa. Desayunamos en el bar que había al lado del café de la apatía. Lo podíamos haber descubierto allí, porque allí por fin pudimos olvidarnos de los micro-croissants barceloneses y comernos unas tostadas de las de toda la vida. Ese día se marchaba Sergio a media tarde, así el plan era visitar el Tibidabo por la mañana, comer, acompañar a Sergio hasta la estación y luego por la tarde especular, según como estuviera el tiempo.

El Tibidabo es una montaña que resguarda a Barcelona por la parte Oeste. Digamos que la ciudad está situada entre el Tibidabo y el mar. Es bastante más alta y grande que Montjuic. Para subir hasta arriba que hay atravesar una verdadera odisea sobre raíles. En primer lugar, hay que coger el metro/tren (FGC) hasta el pie de la montaña. Cuando llegas allí, tienes que subir en el Tranvía Blau (tranvía azul) hasta la mitad de la montaña aproximadamente, que es donde se coge después el funicular que te lleva hasta arriba del todo. Llegamos arriba del todo y empieza a caer una tormenta bastante considerable, así que tuvimos que esperar un rato a que amainase. En lo alto del Tibidabo, aparte de las mejores vistas de Barcelona, hay un montón de cosas.



En primer lugar, está el templo expiatorio del Tibidabo. Una iglesia, basílica, o lo que fuera, bastante bonita por fuera, algo menos por dentro. Pero que además tiene en la parte superior otra capilla más pequeña, que se supone que debía ser parte del mismo templo expiatorio. El caso es que es un lugar totalmente independiente, situado encima del anterior. A un lado del templo está la torre Collserola, que es una torre de comunicaciones que construyeron para el 92 y que por lo visto es la construcción más alta de Barcelona. Enfrente, un hotel con restaurante. Y al otro lado, dos parques de atracciones: uno más moderno con su entrada independiente (no lo probamos, tuvimos bastante con Port Aventura) y otro más cercano que está entre los tres más antiguos de Europa. No hace falta pagar entrada, lo puedes recorrer de forma normal y elegir si montarte en las atracciones de forma individual, a 2-3 euros cada una me parece que era. Me pareció un sitio bastante pintoresco, con las montañas rusas y las norias prácticamente al lado de un lugar sagrado tan espectacular como el templo del Tibidabo. Puedes salir de misa y montarte directamente en los troncos acuáticos.





Para lo mala que estuvo la mañana, todavía tuvimos suerte, porque se puso nuevamente a llover cuando ya nos íbamos a bajar. Sergio quería coger el tren de las 16:55 hacia el aeropuerto, así que no quisimos entretenernos demasiado. Hicimos la ruta de vuelta funicular-tranvía-tren-metro y fuimos a comer nuevamente al FresCo, con el mismo exitoso y placentero resultado que en la ocasión anterior. Esta vez en la sección de platos calientes tenían un arroz que estaba pa morirse. Y tripití el yogur de postre.

Antes de despedir a Sergio hay que mencionar el detalle que tuvieron en su hotel. La noche anterior, al entrar, nos encontramos con que le habían dejado en la habitación un sobre con su nombre (Sr. Rincón) con una carta de despedida, una encuesta, y un paquetillo con 3 bombones. En el nuestro, que no era 5 estrellas, solamente estaba la carta y la encuesta, ni sobre con nuestro nombre ni bombones Por cierto, un detalle que no mencioné en su momento, el baño de su suite era espectacular, con dos lavabos, W.C independiente del lavabo, y con teléfono al lado del trono.

Ya con Sergio camino de Marbella, y viendo que el tiempo había mejorado y lucía el sol, decidimos ir un rato a la playa playera. Nos encaminamos hacía allá a eso de las siete y pico de la tarde. A mí no me gusta la playa, pero por Dios, aquello es que ya no tiene nombre. Para empezar el metro te deja lejísimos, tú te bajas en la parada de Barceloneta pero luego tienes que andar 20 minutos por lo menos para llegar a lo que es la playa propiamente dicha. Y luego allí, un mojón como un camión. La playa más sucia que he visto en mi vida, pero sucia con avaricia, tanto la arena como el agua del mar. Will y Guada fueron los más valientes y se bañaron; Jose y yo nos quedamos en tierra firme esquivando los vuelos de las gaviotas a ras de suelo y las carreras de un chucho dando por culo. Horror.

Huímos de allí en dirección al paseo marítimo, que tenía bastante mejor pinta. Caminamos bastante rato hasta llegar a la zona de la Villa Olímpica, un sitio bastante pijo con muchos locales, pero que tenía su encanto. Había bastantes lugares para elegir la cena, y nos metimos en un mexicano que yo creo que era el peor de todos. Craso error.

Tardaron mucho en servir y la carta de platos era extrañísima. Para empezar, nos dieron cuatro cartas, una a cada uno, que NO eran iguales entre sí. Unas tenían unas páginas que a las otras les faltaban. Así que si tenías suerte y te tocaba la carta buena te podías pedir el burrito especial de la casa, pero si te tocaba la carta mala tenías que conformarte con unas croquetas (?), alitas de pollo (?) o lasaña (¿?¿?¿?). La comida no es que estuviera mala, pero psé. También es verdad que los mexicanos a mí no me suelen llenar mucho. Lo único bueno, la camarera mexicana, que era realmente eficiente, no tanto como Hans, pero sí que se salvaba de la quema. Nos quedaba un largo recorrido hasta el metro, así que sin más dilación salimos por patas de aquél lugar. Quedaba todavía el Viernes, y el viaje a Montserrat.

(continuará...)
 

miércoles, 22 de agosto de 2012

Crónica de un viaje a Barcelona. Agosto de 2007 (4)


Reproducción íntegra del relato elaborado por José M. Ávila. 
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)
 
Miércoles día 15: Decidimos ir a desayunar a un bar que había detrás del hotel que se llamaba el Café Simpatía, o algo así. A partir de esa mañana lo bautizamos como el Café de la Apatía, y decidimos no volver a pisarlo nunca más. El camarero, aproximadamente con el mismo entusiasmo vital de una anémona, nos trajo unos micro-croissants que tenían un ligero sabor a lejía, que pedimos más que nada porque no tenían otra cosa. No puede decirse que fuera una experiencia satisfactoria.

Por la mañana tocaba visitar el parque Güell. El metro te deja bastante lejos, así que tuvimos que andar 15-20 minutos desde la parada hasta la entrada del parque, situado en lo alto de una colina. El recorrido hasta el parque está muy bien señalizado. Nada más salir del metro te encuentras con un cartel que te dice: "Parque Güell -> 1350m." Y luego vas viendo a lo largo del recorrido otros tantos. Parque Güell -> 900m. Parque Güell ->750m. Parque Güell-> 550m. Ya falta menos, piensas. Pero después del cartel de 500 te topas con un giro a la izquierda y ves una cuesta del carajo, to parriba, que bien podían haber puesto allí un funicular de esos que tanto les gustan. Encima al sol le dio por apretar, así que cuando llegas al parque ya estás cansado.

Yo ya había estado por allí, pero no me acordaba prácticamente de nada, y la verdad es que la impresión tuvo el mismo impacto que la primera vez. A la entrada del parque hay una pequeña placita que hace las veces de recibidor, donde se arremolina todo el mundo porque es donde están las escaleras con el Drac -la famosa lagartija. Prácticamente hay que hacer cola para hacerse una foto con el maldito Drac, así que lo mejor era seguir adelante y luego a la vuelta esperar que hubiera menos gente.



El parque es bastante grande y además es una colina/montaña, con lo cual además de andar mucho la mitad es cuesta arriba. Hacía bastante calor, así que la excursión se hizo algo durilla. Lo primero que te encuentras es la Sala Hipóstila, que tiene la curiosidad de contar con 86 columnas si lees la explicación en catalán, y 89 si lees la parte en inglés. Como no teníamos ganas de contarlas nosotros, nos quedamos con la duda. Encima de la Sala Hipóstila hay una enorme plaza, que se construyó inicialmente con la idea de que sirviera de mercado, pero a la que Gaudí se le olvidó de dotar con zonas de sombra. Tiene un enorme banco corredizo que la rodea casi por completo, y que es una obra de arte por sí mismo.



Después el recorrido sigue en el sentido contrario a las agujas del reloj de arena, y vemos el paseo de las palmeras y los viaductos inferiores, medios y superiores, todo muy potito. Por aquella zona Will se encontró a una rusa que visitaba el parque y que le pidió hacerse una foto al lado de un cactus que había por allí. Después nos lo encontramos hablando con la rusa en inglés, pero sorprendentemente le dice hasta luego y deja que la rusa se marche sola. Vamos a ver: ¡Nadie se cruza Europa para hacerse una foto con un puto cactus! Estamos convencidos de que Will no supo aprovechar la ocasión, pero no vamos a hacer leña del árbol caído.



Seguimos hacia la parte de arriba de la montaña, donde ya va escaseando la decoración gaudiniense, y se convierte en un parque algo más normal. En algunos sitios te encontrabas con músicos tocando, al menos vimos un guitarrista, una especie de banda de jazz y otros que no se sabía lo que tocaban. Todo eso aparte de los vendedores callejeros y personajillos ambulantes, que esos estaban por todas partes. Arriba del todo hay un mirador que se llama el Turó de las Tres Creus, que no es más que un poyete de apenas dos metros cuadrados donde caben tres cruces de piedra y 14 o 15 personas casi de puntillas echando fotos de la panorámica de Barcelona. Había cansancio ya, pero por suerte lo que quedaba era todo cuesta abajo. Entre que se nos hizo un pelín tarde y que había que andar un buen trozo hasta el metro (y del metro al sitio donde nos apeteciera comer), terminanos de papear a eso de las 17:00 en un GINOS.



La tarde nos la tomamos de relax, que bastante llevábamos andado ya. Decidimos dejar un margen de hora y media para solaz y disfrute de los más siesteros, y subir a la piscina del hotel al filo de las 19. La cerraban a las 20:30, nos bañamos un ratejo allá en las alturas y nos volvimos a la habitación para ducharnos y salir un rato por la noche a pasear por la zona del puerto. Cogemos el metro y nos bajamos allí donde Colón apunta hacia Cuenca.

La zona se ve bastante nueva, aunque era tarde y el Centro Comercial que hay por allí, Maremagun, tenía ya poca vida. Para la cena escogimos un sitio muy peculiar de salchichas alemanas, con camareros alemanes y un nombre alemán impronunciable imposible de recordar. Además, las mesas tenían una agradable vista a la terraza del puerto. Esto fue todo un descubrimiento también. Había dos camareras que como mucho habrían llegado allí anteayer. Apenas sabían hablar castellano y lo único que entendían era "coca cola" y "hasta luego". Aun así, esta gente despiadada se empeñaba en hacerles preguntas superdífíciles a las pobres muchachas (¿Puedes abrirnos esta ventana o prefieres que nos vayamos a la otra mesa?), que lo único que podían hacer era avisar a Hans.

Hans era claramente el que partía el bacalao allí., un claro exponente de la eficacia alemana. Se notaba que Hans llevaba más tiempo en el negocio, sabía comunicarse con los clientes y poseía una especie de sinceridad inocentona que de algún le hacía caer simpático. "No, no, mirad, en realidad ninguno de los bocadillos se parece al dibujo que viene en la carta". Y es que la carta era ciertamente bastante extraña. Había como 20 tipos diferentes de salchichas con su correspondiente tipo de pan, pero al lado te plantaban el dibujo de un súper bocadillo cuando en realidad el precio era solamente el de la salchicha. Los ingredientes los tenías que elegir luego a tu gusto. La cosa era en plan "una nuremberg con huevo frito, bacon y queso" o "grillnacker con cebolla y mayonesa". Así todo, la cosa salía razonablemente económica, y la verdad es que estaba muy bueno. En el camino de vuelta andamos algo apuradillos con el horario, ya que el metro cierra a las doce en punto, pero finalmente no hubo problema. Ya queda menos.

(continuará...) 

viernes, 10 de agosto de 2012

Crónica de un viaje a Barcelona. Agosto de 2007 (3)


Reproducción íntegra del relato elaborado por José M. Ávila. 
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)


Martes día 14: ¡Nos vamos a Port Aventura, Ouh yeah! Cogimos el día anterior los billetes + la entrada en la estación, ya que lo vendían todo en el mismo pack, y para allá que nos fuimos en el tren de las 8:33. Lo de coger el hotel al lado de la estación sin duda es una gran idea, Jose es un crack para estas cosas. Llegamos allí alrededor de las 9:40, el tren te deja en la misma entrada del parque, aunque luego resulta que desde la entrada hasta las taquillas tienes que andar un cuarto de hora. Ya había bastante cola para entrar, y eso que no abrían hasta las 10:00.

El día no tiene mucho que contar, se resume en lo típico que uno hace cuando va a un parque de atracciones: montarse en los sitios, andar mucho y pasar calor. Nos hicimos alguna foto interesante que ya se encargará alguien de sacar a la palestra, para escarnio de algunos y regocijo de otros muchos. La verdad es que pecamos un poco de pardillos al no aprovechar las atracciones en las primeras horas de la mañana, que es cuando menos colas hay.

Port Aventura definitivamente es un sitio que mola. La comida está bastante bien para lo que es habitual en estos recintos, tanto en calidad/variedad como en número de restaurantes, puestos y tabernas varias. Hay self services, restaurantes caros, puestos de perritos/bocadillos/hamburguesas, puestos de fruta (buenísima), la cerveza estaba fría... no se puede pedir más. La ambientación y las atracciones propias del parque están bastante bien, aunque de vez en cuando suspendían alguna por "problemas técnicos" sin mayor explicación. Y luego está la masificación habitual de estos sitios, pero eso ya difícil de solucionar. En la parte negativa: es muy, muy grande y la distribución de las áreas temáticas provoca que haya que andar bastante para ir de algunos sitios a otros. Tampoco iría mal algo más de señalización/información sobre algunos aspectos, pero tampoco es para rasgarse las vestiduras.

En general yo creo que probamos bastantes atracciones, cada uno dentro de sus filias y fobias particulares. En las atracciones más fuertes no nos atrevimos a montar ninguno, salvo Sergio que probó el Dragon Khan. Y luego está Guada, que lo pasó realmente mal en los coches chocones. Yo me quedé con ganas de montar en alguna de las infantiles, como los potrillos, que se me quedaron mirando con cara de pena, pero hasta en esas había que esperar. No pudimos repetir ninguna atracción.

En resumen, yo no soy un gran fan de estos sitios y me lo pasé bastante bien, así que creo que la nota final es muy buena. Volvimos a Barna en el tren de las 22:09, entre paisajes de industrias petrolíferas y ciudades dormitorio. Llegamos al filo de la medianoche, cansadetes tras tres días seguidos de mucho trajín. Nuevamente nos congratulamos de que Jose elija siempre el hotel más cercano a la estación.

Como este día ha sido algo más corto que el resto, vamos a hablar un poco del hotel: Expo Hotel Barcelona. Por fuera se ve un tanto viejo, pero por dentro es otra cosa, está todo nuevísimo y se nota que lo han remodelado hace nada. Tiene 9 plantas y en el ático hay una piscina y por las noches una terraza Chill-out. Chill-out viene a ser un sitio con asientos muy modernos donde no te ponen nada de comer y te cobran una barbaridad por cualquier bebida. No mola.

Como ya hemos dicho, la situación es muy buena porque está enfrente de la estación de trenes de Sants. Sants está en obras por algo del AVE, y la verdad es que estaban todos los alrededores patas arriba. Trabajaban en la obra 24 horas al día, así que de noche también había ruidos, tanto de la obra como de una especie de generadores que había por allí. De todos modos, los ruidos de la obra y el generador afectaban más a la habitación de Jose y Guada, que era la que daba hacia esa zona. A mí me afectaban más los ruidos que venían de la cama de al lado.

Debajo del hotel había un hipermercado Esclat, que nos resultó bastante útil a la hora de comprar desayunos y comidas para el día siguiente. De recuerdo, aparte de los botecillos de champú y gel que se lleva todo el mundo, nos trajimos un par de pantuflas del hotel. Pero las mías las tuve que robar de la suite de Sergio, porque los muy lerdos solamente pusieron en la nuestra un par. Suerte que la de Sergio también era habitación doble, y en su hotel sí sabían contar hasta dos. Por algo era un 5 estrellas.


(continuará...)

domingo, 5 de agosto de 2012

Crónica de un viaje a Barcelona. Agosto de 2007 (2)


Reproducción íntegra del relato elaborado por José M. Ávila. 
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)


Lunes día 13: Ese día tocaba visitar la zona de las Ramblas y el paseo de Gracia. Acudimos a desayunar a un Dunkin Donuts que ya habíamos avistado el día anterior delante de la parada de metro del Liceu (justo en mitad de las Ramblas). Devoramos unos donuts y luego visitamos el mercado de la Boquería, que estaba al lado, todo un paraíso para los sentidos. Después emprendemos el camino rambla abajo hasta el puerto y la estatua de Colón, y después re-recorremos las ramblas en sentido Plaza de Catalunya. Por el camino visitamos un bar muy chulo, el Bosc de les Fades, que estaba vacío porque eran las 12 de la mañana pero que se podía visitar igualmente, y también una plaza cuyo nombre ahora no recuerdo. Todo adyacente a las Ramblas.


Las Ramblas son sitio muy peculiar, con mucha vida, atestado de gente a todas horas, y con multitud de puestos de flores y variopintos personajes a lo largo del paseo. Gente que te hace retratos, kioscos, artistas callejeros, mimos, etc. Llegamos a la Plaza Catalunya, visitamos un FNAC que hay por allí, y luego estamos hasta más de las 15:30 en el Corte Inglés, un Corte Inglés igual que todos los Corte Inglés que hay en España. Entre medias pudimos asistir a una redada en plena Plaza contra los top manta, que se ponen en filas de 10 o 12 y salen corriendo en cuestión de 5 segundos con toda la mercancía en cuanto ven a un poli. Los polis van de incógnito y solamente pillan a uno o como mucho dos en cada redada. Un espectáculo pintoresco. Famélicos perdidos escogemos un sitio para comer, de entre las varias decenas que hay en Plaza Catalunya y alrededores. Nos metemos en el FrescCo, una franquicia de buffets libres que sería uno de los grandes descubrimientos de la semana.


 El sitio este es la polla en escabeche. Entras directamente a la cola del buffet, coges la bandeja y los platos y te encuentras con una barra con por lo menos 25 ingredientes diferentes, supuestamente para hacerte una ensalada, pero luego realmente lo que haces es amontonar todo en dos platos y que salga lo que Dios quiera. Hay lechugas de todo tipo, verduras de todos los colores, legumbres, aceitunas diversas, atún, maíz, alcaparras, frutos secos, cosas que no se sabía lo que eran, yo que sé... así hasta 25 o 30 cosas diferentes. Luego puedes echarte salsas, aceite, vinagre y esas cosas, y finalmente llegas a la caja, donde te dan la bebida, pagas (8.30 la comida y 9.90 la cena) y te buscan asiento.

Después hay otras dos zonas de buffet libre, una de platos calientes, con pizzas, pasta, salsas, sopas y demás, que se supone que hacían las veces de segundo plato. Y por último otra zona de postres con macedonias, frutas, máquina de café, algún dulce, y otra máquina en la que te podías echar o helado de chocolate o yogur (buenísimo, excelso). Puedes repetir todo lo que quieras cuantas veces quieras, incluida la bebida. Allí se veían escenas antológicas. Alguno se pasó de frenada al servirse los primeros platos: montañas de vegetales, literalmente. Aunque en un sitio como éste es normal. Lo que no es tan normal es sobrar medio plato, es decir, media montaña de comida, y colocárselo a la de la mesa de al lado, que se acaba de ir. Nos fuimos con ganas de repetir otro día, una pasada.

Después de la comilona, que no terminamos antes de las 5 de la tarde, tocaba recorrer el paseo de Gracia, que aparte de ser una gran avenida alberga dos obras fundamentales de Gaudí, la casa Batlló y la casa Milá (La Pedrera). Las dos son visitables, pero al no tener demasiado tiempo y resulta bastante caras, nos decidimos por visitar únicamente La Pedrera. La casa Batlló la vimos por fuera, es una fachada famosísima, y la verdad es que mola bastante. Después fuimos hacia la Pedrera, casi al final del Paseo de Gracia, e hicimos cola durante casi media hora para coger las entradas. Luego accedimos al edificio en sí. La parte visitable es la azotea y los últimos pisos, aparte de la planta baja. Un sitio bastante sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta que no deja de ser un edificio de pisos donde se supone que vive gente. La Pedrera cerraba a las 20 horas, de modo que aún nos sobraba tiempo para visitar más cosas y así ir aligerando la lista de tareas pendientes. Fuimos a la Sagrada Familia, y después bajamos por la Diagonal hasta la torre Agbar.


La Sagrada Familia es un lugar que no deja de sorprender cada vez que la visitas. En realidad es un templo expiatorio, pero no sabemos lo que significa eso, aunque luego descubrimos que no es el único. Nos suena a algo de chivos expiatorios. El caso es que es muy grande, y tiene un cierto aspecto irreal. Choca el contraste entre la parte construida hace un siglo, con la piedra ya oscurecida y las más recientes de blanco impoluto. Cuesta imaginar el tamaño de la obra completa, sabiendo que las 8 torres que de momento están construidas son las más bajas de las 17 que están proyectadas. Por allí vimos carteles que decían que la fecha prevista de finalización es en 2020, que viene a ser casi siglo y medio después de que pusieran la primera piedra. Es fácil perderse en detalles así que mejor no extenderse demasiado. Cuando esté acabada iremos a visitarla, por supuesto.
 

Llegamos anocheciendo a la torre Agbar, que es ese edificio con forma de falo gigante que por la noche se ilumina de colorines. Nosotros no vimos ninguna iluminación extraordinaria, y además está situado en una zona bastante fea, así que no paramos demasiado tiempo allí. Fuimos a cenar de nuevo en los alrededores de Plaza Catalunya, esta vez a un restaurante que se llamaba Happy Grill o algo parecido. El sitio y la comida molaban, pero debían tener el aire acondicionado estropeado, y hacía un calor insoportable. La cerveza estaba caliente, y eso no se lo perdono. Nos atendió una camarera súper borde, mezcla entre rusa y rumana, que cuando decía algo parecía que estaba enfadada y te quitaba las ganas de preguntarle más cosas. No estuvo mal la cena, pese a todo. Volvimos al hotel sin entretenernos demasiado, porque al día siguiente tocaba madrugar.

(continuará...)

miércoles, 1 de agosto de 2012

Crónica de un viaje a Barcelona. Agosto de 2007 (1)


Reproducción íntegra del relato elaborado por José M. Ávila. 
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)


Sábado día 11: Llegamos a eso de las 17:30, la estación es un puto caos, encontramos la salida y llegamos al hotel que estaba justo enfrente. Después de colocar las cosas y demás salimos a dar una vuelta hasta Plaza Espanya y vemos el espectáculo de las fuentes (muy chulo) que empieza a las 20:45 todos los días.


 Después vamos a cenar a un Pans & Company lamentable. Un truño como un puño. El camarero era italiano y además la terraza la cerraban a las 22:30 con lo que encima hubo que darse prisa. No volveremos a pisar un Pans.

Domingo día 12: Desayunamos unos croissants y vamos a recoger a Sergio a la estación, que llegaba a media mañana. Deja las cosas en nuestra habitación hasta que le den la suya ya por la noche. Vamos por la mañana al Barrio Gótico, o casco antiguo de Barcelona, si le queremos llamar así. Plaza Sant Jaume, Generalitat, Ayuntamiento, Catedral.

La Catedral es un recinto bastante interesante, con un claustro muy bonito y unas fuentes donde nadaban alegres unos especímenes avícolas que no supimos distinguir si eran ocas, gansos o cisnes. Tras recorrer el claustro nos metemos en la Catedral en sí. A Sergio le echaron la bronca por mantener una postura indecorosa en misa. Se le ocurrió sentarse en un banco y cruzar las piernas sin acordarse del boquete que tenía en la entrepierna del pantalón. Una señora lo vio y le dijo que esa no era forma de estar en la casa del Señor.



Tras este incidente salimos por la puerta principal de la Catedral, nos detenemos un rato intentando despegar a Guada de los puestos callejeros que había por allí, y nos dirigimos al parque de la Ciutadella, cruzando el barrio del Borne (donde entre otras cosas está la Catedral de Santa María del Mar, la del libro). Estamos un rato en el parque, no demasiado porque se nos echaba encima la hora de comer, pero el suficiente para darnos cuenta de que era enormemente enorme. Comemos en un restaurante griego que había a la entrada del parque. Will, a quien le encanta conversar con todo el personal de hostelería en cualquier sitio aunque no entiendan ni la mitad de que les estás diciendo, hizo buenas migas con la camarera, griega pura de oliva (el resto eran paquistaníes), que le aconsejó un postre típico de allí, el Kafaidi. Por lo visto estaba bastante bueno -el postre- pero yo no lo probé porque tenía el tamaño aproximado de un dedal, y me daba corte. En cualquier caso, no creo que ninguno repitamos la experiencia.

La tarde la dedicamos por entero a Montjuic. Subimos en teleférico a la montaña (7,50€, los muertos del teleférico), y allí vemos el castillo de Montjuic, muy potito, y disfrutamos de las vistas de la ciudad. Todo lo que recuerdo es que hacía un calor del carajo. Después ya decidimos bajar toda la montaña andando, y visitar todo lo que hay por allí. Llegamos al recinto olímpico y al estadio a eso de la media tarde. Después de estar un cuarto de hora rebuscando un hueco entre las vallas de la obra para echar una foto al interior, nos damos cuenta de que un poco más abajo está la puerta principal del estadio, y además estaba abierto (OWNED!).



El caso es que tienen allí un bar-terraza muy cuco donde uno se puede tomar una hiper-granizada mientras se asoma al campo. Visitamos también, esta vez de uno en uno, los lavabos del estadio, donde Sergio plantó un pino olímpico que estuvo muy cerca de batir el récord mundial (temblaron los cimientos y la montaña por un momento se tornó volcán en erupción). Después tardó tanto en volver que comenzamos a especular si se había quedado dormido en el trono, porque se había levantado a las 4:30 de la mañana para coger el avión desde Málaga y se le veía bastante perjudicado. Pero finalmente apareció con una enorme expresión de felicidad en el rostro, y pudimos reemprender la marcha.



Pasamos delante del resto de instalaciones olímpicas, una torre muy surrealista de Calatrava que parecía un ovni, y llegamos al Poble Espanyol a eso de las 19 horas. El Poble Espanyol es un recinto razonablemente extenso donde han construido la réplica de más de 100 monumentos, edificios y rincones singulares de la geografía española. De Cáceres había 6 o 7 cosas. Recuerdo la casa de los Solís, el Palacio de los Ovando, el de los Golfines de abajo, etc. La verdad es que estaba todo bastante bien hecho, excepto el Arco de la Estrella, que era infame. Encima lo tenían medio escondido. Cuando acabamos de recorrer el Poble Espanyol, bajamos al pie de la montaña (Palau Nacional, fuentes, Plaza Espanya) y contemplamos de nuevo el show de las fuentes, que Sergio no lo había visto el día anterior. Se emocionó mucho. Sin en cambio, el verdadero show estaba aún por llegar.



De camino al hotel (10-15 minutos andando desde Plaza Espanya) paramos a cenar en un chino. El cielo amenazaba lluvia, y poco antes de terminar la cena comienza a descargar. En 5 minutos se monta una tormenta espectacular y empieza a soplar un viento fortísimo. Cuando quisimos salir, nos dimos cuenta de que no conseguiríamos llegar vivos a la acera de enfrente. Decidimos esperar en el hall del restaurante a que la situación se normalizara, pero todo fue a peor.

En poco tiempo el agua en la acera alcanzaba un palmo de altura, y comenzaban a rodar por la carretera ramas de árboles arrancadas de cuajo. Comienza a entrar gente bastante extraña en el restaurante, refugiándose del tifón. Un tío sin camiseta completamente empapado que hablaba a voces entró y salió 3 veces seguidas. Un tipo ya más cerca de los 40 que de los 30 con pinta de gay nos preguntaba si después íbamos a ir al Space, una discoteca que había justo enfrente del restaurante. Nosotros no mostrábamos demasiada intención de iniciar una conversación, pero el tío siguió hablando. Decía que el Space estaba "bien" pero que no era muy "para gente de su edad". Poco después se fue la luz. Nos quedamos completamente a oscuras los 5 en el hall de un restaurante chino con 3 pijos barceloneses, un tipo con pinta de gay, el acompañante del tipo con pinta de gay, un tío sin camiseta que entraba y salía continuamente, y los empleados del chino pululando por allí y hablando cosas muy raras (en chino, claro).

El que parecía el jefe del restaurante llevaba una camisa azul y el tipo sin camiseta lo llamaba "Juan", no sé si cariñosamente. Juan se enfadaba de vez en cuando porque los que estaban en la puerta armaban mucho jaleo. Poco después volvía la luz, pero la tormenta seguía fortísima y era imposible salir. Luego llega un tipo con camiseta rosa, que parecía que acababa de salir directamente vestido de la piscina, y que tenía pinta de ir bastante chungo. Se puso a discutir con el que no llevaba camiseta porque no se qué historia de la moto o del coche. Estaba claro que se conocían. Juan ya se cabreó del todo, y echó al de la camiseta rosa, pero éste no se lo tomó del todo bien. Reaccionó agresivamente y el que no llevaba camiseta hizo de negociador echando a su amigo fuera ("estás aquí liándola por la cara"). Se acabaron yendo los dos, y el resto nos quedamos allí esperando a que amainara algo el temporal. Un rato después el tifón se transformó en tormentilla de verano, y decidimos salir de aquel antro a la carrera. Apenas estábamos a 200 metros del hotel, corrimos y llegamos a la puerta, unos más mojados que otros.

Y faltaba todavía que a Sergio le dieran su habitación. Era cerca de la medianoche, y ya no estaba el recepcionista de por la mañana, que obviamente no se había acordado de darle la habitación a Sergio como le prometió, el muy gañán. En su lugar estaba un recepcionista veterano, y una recepcionista guiri que respondía "sí" a todo lo que le decías. Le dicen a Sergio que no quedan habitaciones libres en el hotel, porque tenían overbooking, pero que le iban a dar una en el hotel de enfrente (Torre Catalunya), que era mejor que el nuestro porque tenía 5 estrellas. Su habitación, resulta que era más grande que el piso que tienen en Salamanca. 



 Era la 1415, en la planta 14 de un total de 23. Yo jamás había estado en una habitación de cuatro cifras. Tenía unas espectaculares vistas al Palau Nacional y a las fuentes de Plaza Espanya, y en los pasillos había unas máquinas automáticas de hielo muy graciosas. Ponías la mano debajo del sensor, y comenzaban a caer cubitos de hielo jujujuju. A Sergio le llevaron al otro hotel por un pasadizo secreto, acompañado por un vigilante, así que no quisimos saber nada más, y decidimos descansar para el día siguiente.

(continuará...)