martes, 8 de julio de 2014

XVII


... y todos quedaron atónitos, contemplando cómo aquel joven se subía a lo más alto de la aldea, enarbolando un pedazo de tela desteñida y deshilachada, sin saber nadie qué se proponía.

Amarró la improvisada bandera como pudo. Bajó raudo, a trompicones, y tras enviar una cómplice mirada al grupo con una minúscula sonrisa, se escabulló por donde vino.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario